El valor de un halago

Había un hombre muy, pero que muy rico que, debido a su condición de estar por encima del bien y del mal, acostumbraba a que cada cosa que hiciera la consideraran como una buena obra, y por lo tanto se lo reconocieran, así que siempre estaba buscando el halago de las otras personas. Se había habituado a los elogios, los verdaderos y los falso, y le daba igual, siempre que lo elogiasen. Pero allá donde residía, existía una persona que nunca le había mostrado elogio alguno. Era un hombre muy modesto, por lo que el hombre rico pensaba que este otro hombre lo que sentía era envidia de su dinero, posición y bien que hacer, aun así se sentía despreciado porque un solo hombre no le prodigaba elogios, de modo que llamó a su chófer y le pidió que le llevara a la morada del hombre modesto, llamó a su puerto, y cuando este abrió, le dijo:
 
- Si te regalase el veinte por ciento de mi fortuna, ¿me adularías?
 
El hombre modesto que se vio sorprendido por la visita y mucho más por la directa pregunta que el hombre rico le hacía, apenas tuvo unos segundos para recomponerse de tal sorpresa y tras meditar su respuesta le dijo:
 
- Te agradezco que quieras regalarme el veinte por ciento de tu fortuna, pero sería un reparto demasiado desigual para que te hiciera merecedor de mis halagos -repuso.
 
- ¿Y si te diera la mitad de mi fortuna? -le espetó el hombre rico con notorio nerviosismo.
 
- En ese caso, como estaríamos en igualdad de condiciones, no habría ningún motivo para aludarte.
 
- ¿Y si te regalase toda mi fortuna? -preguntó el rico exasperado.
 
El hombre modesto no cabía en sí de su asombro.
 
- Si yo fuera el dueño de semejante fortuna, ¿por qué iba a adularte? -preguntó el hombre modesto.
 
El hombre rico enfurecido, se volvió, dio unos pasos hasta su chófer quien le abrió el portón de su vehículo, y tras reposarse en su aclimatado asiento no podía dejar de pensar y admirar a la única persona que no cedía en sus elogios.

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